31 de diciembre de 2013

¿QUÉ HACEN AQUÍ MAURICIO Y ROBERTA?

o cuando un bardo pinta, o un creador escribe… (JW)



Cuento por: Fredy Ramón Pacheco

El de los brujos alucinados por la magia de la naturaleza en crear sus pensamientos y la Roberta embrujada Maestra del canto jondo; ahí, simplemente complicada recordando a María la loca del barrio y su eutanasia bendita plaga del averno, después del ingreso de todas las estereotipadas vírgenes del siglo XIV, siempre engatusadas por el machista responso de los nobles cartesianos y sus huestes asesinas del ambiente natural en la piel de doncellas célebres. Era vino !claro!, excelente vino también envasado el que bebió Mauricio el otro loco de mi infancia, recostado del escaparate en su cuarto escondido juventud divina primer vino que bebíamos y nos emborrachamos brindando por la misma Stela Rojaimoro de la que nos habíamos enamorado, pero ella sin escrúpulos como deben ser las mozas en flor, ya tenía otros sueños, aquellos espartanos rígidos pero mas responsables que Sergio y que yo; el mas abandonado de los borrachos en su borrachera despechados por las ninfas y las Azucenas.

Siempre en la misma onda galáctica u oceánica haciendo, construyendo, edificando el amor imaginado entre los dedos, entre sábanas blancas como la piel de Roberta. Hasta que María la loca se volvió cuerda donde colgaba su cuerpo una mañana en el establo de la hacienda de los López. Allá habían caminado sus pasos desde que se fue para no volver caminito amigo y ya la cuerda no podía quitársele sin que se desprendiera su cabellera sedosa y los aretes de brillantes que le regaló Patricio en el restaurante de Poncel, la última vez que se vio loca por él.

No me explico entonces la presencia de estos adefesios adornando el salón de juegos. La lámpara traslúcida que encandila los ojos de Roberta y se los pone rojos como si hubiese llorado toda la noche del viaje sobre las ancas de la mula negra. Menos la presencia de Rufino Fombona y la maliciosa negra de ojos saltones y eterna sonrisa bañando de colores los arpegios de esa lira trenzada y agobiante con sus tintineos de cuerdas angelicales. Es una verdadera inquietud de las hebras, las cuerdas, la locura y el verso hirsuto y necio de estos dos cadáveres enseñoreados de pestilencia. Inauditos plumajes de cuervo engalanado de espadas en su graznar, lanzándolas al vació sin miedo de atravesar la garganta de los poetas...

Por: Fredy Ramón Pacheco.